Salí del instituto y me vi en una estación de metro espaciosa, no la conocía. Los postes y barandas que la decoraban eran color naranja, tenía múltiples pisos tanto hacia arriba como hacia abajo y bastante espacio hacia el exterior, es decir, era como el panal del metro-tren.

Entonces, la entrada al vagón se realizaba en el piso de abajo, y en el de arriba (donde yo estaba) no colocaron ninguna reja para proteger a las personas de los bordes, sin embargo estaba la franja amarilla y el precipicio abajo.
La crucé, me resbalé y casi me caigo (hubiese muerto), quedé sujetado de las manos al filo cuando llegó uno de esos tipos del metro con camisa azul y me extendió la mano para poder subir.

Recuerdo que el clima estaba de a ratos nublado, de a ratos soleado. Provocaba tomar demasiadas fotos y todas hubiesen quedado excelentes. No tenía la cámara, frustración.

Bajé al piso inferior y llegó por fin el vagón-tren.
Un viejo manejaba el asunto (el vagón, pues) mientras los pasajeros saludaban a quienes vinieron especialmente a recibirlos.

Una chica muy bella, catira ella, apenas corroboró que las ventanas (todas al mismo tiempo lo hacían, programadas por el operador/chofer) se abrieran -deslizándose en X-, sacó la cabeza para despedirse de su marido/consorte pero el operador cometió un error -o la máquina-, las ventanas volvieron a cerrarse, ella no guardó su cabeza a tiempo. Pánico y terror. CHOFÉR!!!!!!!!- alcancé a gritar a todo pulmón golpeando con fuerza su ventana, volteé y a la pobre le estaban empujando el cuello los cristales. Todos miraban, nadie sabía qué hacer, nadie hacia nada. Argentina, era, aunque parecía europea. De esas mujeres que uno confía, nunca van a morir.

Corrí todo lo que pude, recuerdo que alguien dijo ¡corre rápido! y -de paso- no tenía pantalones. La gente del puesto de Rescarven se tardó en entender mis gritos -y grité hasta con las uñas-. Ahora entiendo lo de los gritos mudos de los sueños, quizá simplemente sea que estamos tan abstraídos que el audio se nos va.

Llegamos y ella estaba en el piso, acostada boca arriba, la rodeaban paramédicos y el (no tan infortunado como ella) chofer. su nombre me aparecía en la pantalla en un color morado.
No siempre los sueños terminan bien.

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